Indudablemente
la de esta noche era una de esas citas ineludibles para cualquier seguidores
del metal, y más especialmente del thrash, que se precie. Y es que tal y como
anunciaron los indiscutibles protagonistas de la velada Slayer parecen
decididos a dejar la actividad en directo cuando concluya el presente tour.
Como comentaba anteriormente, era una ocasión único y la audiencia barcelonesa
estuvo a la altura. Las entradas estaban agotadas desde varios meses antes de
la cita, con lo que el Sant Jordi Club presentó un inmejorable aspecto.
Lamentablemente, lo que no acompañó fue la meteorología, así que los que nos
acercamos a los aledaños del recinto tuvimos que soportar la lluvia mientras
hacíamos una larguísima cola. Pero dejando a un lado estos inconvenientes lo
cierto es que el sacrificio de subir a la montaña y el padecimiento de sufrir
la lluvia merecían la pena, ya que antes de que Tom Araya y sus muchachos
tomaran el escenario tendríamos ocasión de disfrutar de una interesantísima
previa.
Los
encargados de romper el hielo fueron los incombustibles Obituary, quienes se
consolidaron como los más deathers de la velada, ofreciéndonos un escueto pero
exhaustivo recorrido por algunos de los mejores momentos de su amplia
discografía. Salieron con algo de retraso sobre el horario inicialmente
previsto y desde que irrumpieron en escena con “Deadly Intentions”, dejaron
claro que venían dispuestos a dar motivos al personal para que ejercitara
frenéticamente las cervicales.
Lideres
y supervivientes de la clásica escena americana de Florida, los hermanos Tardy
y sus muchachos se mostraron tan potentes y expeditivos como de costumbre,
aunque sinceramente me sorprendió que renunciaran a algunos de sus temas más
pesados para centrarse en composiciones más rápidas y directas, con lo que no
se dejaron en el tintero clásicos imprescindibles como “Chopped In Half” y
“Turned Inside Out”, con las que desataban la euforia entre sus fans más
veteranos.
Otra
de las que gozó de la aprobación del respetable fue la oscura y cavernosa “I´m
In Pain”, dejando patente que el estilo de la formación americana sigue
contando con una buen numero de adeptos. Mientras que para rematar una
actuación de poco más de treinta y cinco minutos en quinteto de Tampa se
reservó la icónica “Slowly We Rot”.
Aunque
muchos no acabaron de entender el orden de aparición de esta noche, resultaba
curioso que una banda con el tirón y la popularidad que tiene en nuestro país
Anthrax tocara antes de Lamb Of God, lo cierto es que los siguientes en tomar
el escenario de un Sant Jordi Club que a esas horas de la tarde estaba ya
prácticamente lleno fueron Scott Ian y sus muchachos. Una vez más la novedad en
el seno de los neoyorquino era la ausencia de su batería Charlie Benante, quien
como en sus últimas visitas a nuestro país fue sustituido de forma solvente por
un viejo conocido de los seguidores de los propios Slayer, Jon Dette.
No
hubo sorpresas. Los neoyorquinos llevan desde su reunión con su vocalista
clásico Joey Belladonna funcionando como un autentico rodillo en directo. Pero
lo cierto es que somos muchos los que queremos verles ya como cabezas de
cartel, ya que el quinteto americano se ha acabado convirtiendo en la mejor
banda de apertura del circuito del heavy metal, ya que les hemos visto desde el
regreso del vocalista abriendo para Dio, en varias ocasiones para Iron Maiden,
en festivales, y en dos ocasiones abriendo para la banda que cerraba el cartel
de esta noche.
Eso
si lo que nadie puede discutirles que tienen temas, potencia y actitud, para
poner cualquier recinto patas arriba. Y eso precisamente fue lo que hicieron
esta noche. A por todas, en tromba, como en ellos suele ser habitual no
tuvieron problemas para conectar con el publico y hacer mover al personal desde
que abrieran su espectáculo con un fragmento del clásico de Pantera “Cowboys
From Hell”, para rápidamente desatar la euforia con una apuesta segura como es
“Caught In A Mosh”.
Siempre
fue una de sus cualidades, coger un tema de otro artista y acabar haciéndola
suya. Así que no faltaron durante los primeros compases del show el desmadre
generalizado con el “Got The Time”, de Joe Jackson, que nos dejaba la estampa
de incansable Belladona recorriendo el escenario para buscar la complicidad de
las primeras filas. Pero evidentemente el motor de la banda una vez más fue el incombustible bajista
Frank Bello. Mientras que su compañero Scott Ian no dejó de danzar y mover la
cabeza para demostrar que es uno de los mejores riffers de la historia.
Fue
una fiesta. Anthrax se metieron a la audiencia en el bolsillo. Y además nos
convirtieron en protagonistas indiscutibles de su show haciéndonos participes
de los poderos estribillos de un clásico como “Efilnikufesin (N.F.L.)”, que
sinceramente pocos esperábamos ya que no era de las habituales que están tocando
en el presente tour. Pero sin duda una de los momentos álgidos de la descarga
de los neoyorquinos llegaría justo a continuación cuando se descolgaron con la
contagiosa melodía que abría su “State Of Euphoria”, “Be All, End All”, con la
que ponían nuevamente el recinto patas arriba.
Aunque
como era previsible el grueso de su escueto repertorio estuvo centrado en su
primera etapa, tampoco quisieron dejarse en el tintero un fugaz guiño a su material
más reciente con el estratosférico “Fight´Em´
Till You Can´t”, que fue recibido como si de otro clásico más se tratase. EL
momento de ponernos todos a cantar llegaría con otra de las fijas en su
repertorio como es su versión de los franceses Trust “Antisocial”. Mientras que
el cierre definitivo correría por cuenta de un celebradísimo “Indians” y una
nueva mirada al “Cowboys From Hell”.
Llegaron,
vieron y convencieron. Y como ha sucedido en sus ultimas visitas, nos dejaron
con ganas de mucho más. Esperemos que por fin Scott Ian y sus muchachos vengan
a nuestro país para regalarnos un show de dos horas. Creo que una banda con su
historia y que goza del apoyo del público español debería plantearse liderar su
propia gira por nuestro país.
A
pesar de ser la formación más joven de las cuatro que conformaban el atractivo
cartel de esta noche, Lamb Of God
disfrutaban de un lugar privilegiado en el orden de aparición justo por
detrás de los indiscutibles protagonistas de la velada. Había muchísimas ganas
de volver a ver en acción sobre nuestros escenarios a los de Virginia, ya que
su última visita a tierras catalanas se remontaba a mediados de 2012, poco
antes de la detención en Praga de Randy Blythe.
Afortunadamente
esa pesadilla quedó atrás definitivamente, y el combo americano parece
dispuesto a recuperar el tiempo perdido en nuestro país. Ya lo habían
demostrado en su mencionada visita a la sala dos del Razzmatazz, pero ahora el
quinteto suena todavía más letal, maduro
y devastador, ya que ha aprendido a dosificar su aplastante intensidad,
convirtiendo sus descargas en un rodillo sonoro capaz de noquear al metalero
más fiero.
Disfrutaron
de un sonido arrollador, un efectivo juego de luces, una cuidada escenografía,
y del respaldo de un público que les acogió como si fueran auténticos héroes, y
que se mostró de lo más entusiasta y participativo, respondiendo a cada una de
las consignas de un Randy Blythe que se reivindicó como uno de los mejores
frontman de su generación. En cuanto al repertorio he de admitir que me
sorprendió, ya que su columna vertebral estuvo centrada en el material de
“Ashes Of The Wake”(2004) y “Sacrament”(2006). Aunque tampoco quisieron dejarse
en el tintero alguna referencia a su último largo “VII: Sturn Und Drang”(2015).
Aprovecharon
al máximo su tiempo sobre las tablas y,
como decía, salieron con el cuchillo
ente los dientes, siendo conscientes de que en esta gira se están batiendo el
cobre con auténticas leyendas del metal. Pero lejos de dejarse intimidar,
Blythe y sus acólitos se mostraron en un estado de forma exultante, descargando
toda su visceralidad desde que abrieran
fuego con la aplastante “Omerta”. Pese a ser uno de los artistas invitados,
Lamb Of God trajeron un imponente montaje escénico, con una gran escalinata en
la parte trasera y un enorme telón de fondo con una frase que definía a la
perfección su propuesta “Pure American
Metal”, tal y como dejaron patente al atacar el incendiario “Ruin”, que nos
dejaba con el hiperactivo frontman agitando sus tirabuzones encaramado sobre
una pequeña tarima central.
En
menos de diez minutos el combo de Richmond había conseguido poner el recinto
del Sant Jordi Club patas arriba. Así que la reacción del público fue aclamarles enérgicamente,
casi como si fueran el acto principal de la noche. Pero que nadie piense que
Lamb Of God tras firmar un apoteósico arranque se durmieron en los laureles, ya
que el momento de poner a todo el personal a botar llegó con “Walk With Me In Hell”. Y es que los
americanos demostraron una cohesión entre ellos y un dominio escénico
aplastantes, desencadenando un vendaval metalero que hizo que “Now You´ve Got
Something To Die For”, se acabara convirtiendo en uno de los puntos álgidos del
show.
Como
representantes de su última entrega discográfica que data de 2015 “VII: Sturm
Und Drang”, los americanos nos dejaron las envolventes y angustiosas melodías de
“512”, para posteriormente rebanarnos los tímpanos con las incisivas guitarras
de “Engage The Fear Machine”. Tras demandar el apoyo del respetable para
homenajear a las bandas que les habían precedido, y después de rendir pleitesía a los anfitriones de la
velada, Lamb Of God se abalanzaron sobre el desquiciante sprint final que
conformaron “Blacken The Cursed Sun” y
la corrosiva “Laid To Rest”.
El
broche definitivo para una descarga que acabó haciéndose demasiado corta estuvo
reservado para una pieza imprescindible como es “Redneck”, que nos dejaba la
estampa de Blythe escupiendo sus versos mientras sus compañeros no dejaban de
moverse incansablemente por el escenario para acabar recabando una ovación de
gala. Aunque quizás los más veteranos y puristas no acabaron de comprender que
Lamb Of God tocaran después que Anthrax, lo cierto es que el quinteto de
Richmond demostró actitud, potencia y mucha hambre.
La
tarde había sido de lo más caliente e intensa, protagonizada por tres grandes
formaciones que se dejaron la piel sobre el escenario para brindarnos una de
las batallas metálicas más épicas que se recuerdan en los últimos años. Pero
esta noche los reyes indiscutibles de la velada iban a ser Slayer. La
legendaria formación que comandan Kerry King y Tom Araya ha escrito a lo largo
de su longeva y productiva carrera algunos himnos que resultan imprescindibles
para comprender la evolución del thrash metal y de la música extrema en
general.
Amados
y odiados a partes iguales, los californianos nunca han dejado indiferente a
nadie. Han sido el centro de polémicas religiosas, políticas, e incluso han
protagonizado enfrentamientos con otras bandas de su estilo y generación. Pero
al final siempre han seguido hacia delante, marcando el camino y agrandando el
nombre y el legado de una leyenda que
según parece esta noche de domingo iba a ofrecer su último concierto en la
Ciudad Condal.
Ante
un Sant Jordi Club repleto, las entradas se habían agotado meses antes de la
cita, el cuarteto de Huntington Park estaba preparado para volarnos la cabeza
una vez más. La expectación podía palparse en el ambiente mientras que tras el
telón que protegía el escenario de miradas indiscretas los “pipas” se
encargaban de dar los últimos retoques al ambicioso montaje escénico. No
faltaron las cruces invertidas, los estandartes de la banda, diferentes telones
de fondo, -uno de ellos recordando al desaparecido Jeff Hanneman-, un fantástico
juego de luces, el humo, y el fuego…, ¡mucho fuego!
En
cuanto al repertorio estuvo muy centrado en sus himnos clásicos, incidiendo
especialmente en el material del seminal “Reign In Blood”(1986), y en el álbum
que inauguraba su andadura en la convulsa década de los noventa “Seasons In The
Abyss”. Pero incomprensiblemente se acabaron quedando fuera viejas favoritas de
sus primeros años como “Die By The Sword”, “At Dawn They Sleep”, “Captor Of
Sin”, o “The Antichrist”.
Otro
detalle que me gustaría destacar es que en esta ocasión vi a un Gary Holt mucho
más activo e integrado, tirando del carro en más de una ocasión, e incluso
restándole algo de protagonismo escénico al amenazante Kerry King, que apareció
en escena luciendo sus habituales cadenas y su larguísima barba. En cuanto a
Tom Araya estuvo algo parco a la hora de las presentaciones, y creo que no hiló
ni una frase en castellano. Y, bueno, aunque hace años que no es el vendaval
que era sobre el escenario, el frontman chileno sigue conservando intacta la
estampa, el carisma, y su particular e hiriente rugido. Como viene siendo
habitual tras los tambores estuvo el siempre preciso e impecable Paul Bostaph.
Y aunque a todos nos hubiera gustado que Dave Lombardo hubiera formado parte de
alguna manera de esta gira de despedida,
no pudo ser.
A la
hora prevista las luces del local se apagaban y la gente enloquecía mientras
unas cruces invertidas y el logo clásico del pentagrama se proyectaban sobre el
telón, dejándonos intuir el fuego que
estaba invadiendo el escenario mientras atronaba a través del P.A. la
introducción “Delusions Of Saviour”. Por fin el telón caía y los cuatro
protagonistas ya estaban sobre el escenario, sonando como una auténtica
apisonadora, haciéndonos agitar la cabeza siguiendo el trepidante ritmo de
“Repentless”, y cada vez que Araya vociferaba el estribillo las llamas volvían
a hacer acto de presencia.
Con
el escenario teñido de tonos rojizos, Gary Holt fue el encargado de adueñarse
de la zona central para dar el pistoletazo de salida a un impresionante “Blood
Red”, que no hacía más que seguir calentando los ánimos de un personal que
parecía predispuesto a pasarlo en grande. Seguramente si hiciéramos una lista
de temas imprescindibles de los americanos “Disciples” no estaría entre los escogidos,
pero en cualquier caso el segundo corte de “God Hates Us All”, quedó de lo más
visceral y resultón en directo, adornado con
la formación de unas vistosas cruces de fuego.
No
tardaría mucho en llegar el primer recuerdo a la década de los ochenta
acompañado de humo y fuego a discreción “Mandatory Suicide”, que nos dejaba a
Araya desgarrando sus cuerdas vocales antes de que Holt y King volvieran a
batirse en otro de sus incendiarios duelos. La única licencia que se
permitieron a su anterior “World Painted Blood” fue la desgarradora “Hate Worldwide”, que nos hacia alternar
pasajes crujientes y pantanosos con esas vertiginosas aceleraciones que desataban
la locura en los aledaños del escenario.
Dirigiéndose
en solitario a la muchedumbre Araya nos agradeció nuestra presencia justo antes
de invitarnos a pasarlo bien, haciéndonos rugir con todas nuestras fuerzas para
emular el desgarrador rugido que daba por inaugurado “War Ensemble”, que se
acabó convirtiendo en uno de los momentos épicos de la noche. Acto seguido le
llegó el turno a “Jihad”, que fue junto a la más etérea y ambiental “When The
Stillness Comes”, uno de los pocos pasajes en los que bajó notablemente el
nivel de intensidad del show.
El
momento de volver a reivindicarse como uno de los pilares indiscutibles del
thrash metal, para deleite de todos sus seguidores, especialmente de los más
veteranos, llegaría justo a continuación con la incontestable dupla que
conformaron “Postmortem” y el primerizo “Black Magic”, dejando patente que
no no han perdido ese toque especial que
les hizo una banda única para todos los seguidores del metal más oscuro y agresivo.
Con el público absolutamente enloquecido, coreando el nombre de la banda
insistentemente, Araya trataba de presentar “Payback”, que se convirtió en la
excusa perfecta para volver a centrar nuestro objetivo sobre el material facturado en lo que llevamos de
siglo XXI.
Sin
duda era una de los momentos que muchos estábamos esperando, y eso se notó en
la efusividad con el que fue recibido el tema que prestó título a quinto
trabajo en 1990, “Seasons In The Abyss”. Un nuevo cambio de telón de fondo
sirvió para dar el pistoletazo de salida al que probablemente sea el corte más rápido e incisivo de “Divine
Intervention”, “Dittohead”, que provocaba que el pogo y el headbanging no se detuvieran
en los aledaños del escenario.
A
estas altura del show Slayer no parecían dispuestos a levantar el pie del
acelerador, de modo que su particular aquelarre metalero prosiguió con los
intrigantes desarrollos de “Dead Skin Mask”, y esa bomba de relojería que es la
siempre imprescindible “Hell Awaits”, que coronada con humo y fuego fue la
escogida para poner el punto y seguido a la velada.
La
gente estaba completamente entregada, quería más. Así que Slayer no se
demoraron en exceso en su regreso sobre las tablas. Aparecieron desafiantes, dispuestos
a darnos el golpe de gracia definitivo con las demoniacas melodías y los tempos
más contemporizados de “South Of
Heaven”. Encarando ya la recta final del show era un buen momento para hacer
que el recinto ardiera, casi literalmente, con una joya como “Raining Blood”. Aún más atrás en el tiempo
nos conduciría la feroz “Chemical Warfare”, prolongando el éxtasis del
respetable. El último cartucho de los americanos para acabar de doblegar a una
audiencia que parecía insaciable fue el legendario “Angel Of Death”, que a modo
de compendió resumía a la perfección lo que fue una noche mágica, en la que
Slayer ofrecieron el que posiblemente sea el mejor show que han dado en tierras
catalanas.
TEXTO:ALFONSO DIAZ
FOTOS:CARLOS OLIVER
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